Cuando vi aparecer a aquel enorme tiburón tigre me detuve de repente, indeciso, pero luego seguí nadando sin volver a prestarle atención. Hacía solo unos minutos que me había lanzado a las aguas de la bahía habanera y, en ese instante, mi mayor preocupación era dejar de ser el hazmerreír de los demás. No podía permitir que me humillaran de esa manera, no con respecto a algo tan importante para mí.

Yo siempre había sentido una enorme pasión por el mar; una pasión que, sin duda alguna, había surgido en mi más temprana infancia cuando, con apenas cuatro o cinco años de edad, me iba de paseo con mis padres por los muelles de mi natal Plymouth en las tardes de domingo y me sentía el niño más feliz del universo. Luego, cuando ellos fallecieron de manera repentina y me vi obligado a emigrar a Boston para vivir con mis tíos, esa pasión por el mar se convirtió en mi mayor consuelo, en el único vínculo que, junto a la cruz de plata que colgaba de mi cuello, me quedaba con mis orígenes. Y por eso, cuando surgió la oportunidad de enrolarme en la tripulación de uno de los barcos mercantes de la nueva ciudad donde vivía, no me lo pensé dos veces y acepté.

La posibilidad de trabajar en un barco y surcar los mares del mundo me pareció, al inicio, algo fascinante. Pero luego, al descubrir las duras condiciones en que había sido contratado y empezar a lidiar con los demás marineros, comprendí que la vida a bordo no iba a ser nada sencilla. Mi oficio dentro del barco era el de mozo de cabina, uno de los más bajos dentro de toda la cadena de mando, y eso implicaba que podía y debía aceptar órdenes de casi todos los miembros de la tripulación. A esa desventajosa posición se le sumaba, además, la peculiaridad de ser, a mis recién cumplidos catorce años, el más delgado y pequeño de todos los marineros –una suerte de lagartija escuálida dentro de una manada de cocodrilos viejos–, algo que facilitaba, todavía más, que los otros se aprovecharan de mí. «Ordéname de nuevo el camarote, chiquillo», «Tráeme la comida, pequeñajo», «Prepárame la cama, mocoso»; esas eran algunas de las órdenes que solía recibir y que tenía que cumplir sin protestar. Cuando peor la pasaba, sin embargo, era cuando los demás decidían burlarse de mi inexperiencia y convertirme en el centro de sus bromas durante toda una jornada.

Eso era exactamente lo que había sucedido aquella tarde de verano de 1749. Hacía tan solo un cuarto de hora que nuestro barco había atracado en la bahía de La Habana, y mientras aguardábamos para descargar la mercancía, el viejo cocinero de la nave –al que nunca parecían alcanzarle el tiempo o las energías para preparar algo decente de comida, pero que siempre estaba dispuesto a malgastar ambos en opinar de los demás– empezó a decir que yo no sabía nadar y que le temía al océano. «Ese rapaz, Brook Watson,  le tiene más miedo al agua que un gato inválido», exclamaba entre risas. «Está aquí solo porque su familia quería deshacerse de él».

La broma se propagó entre el resto de los marineros con rapidez y, mientras unos y otros la iban repitiendo y se reían a carcajadas, alguien sugirió ponerme a prueba y forzarme a nadar hasta la otra orilla.  Pero no hizo falta  que me obligaran. Una rabia incontrolable se había ido apoderando de mí al ser objeto de todas aquellas burlas y, cuando escuché el plan propuesto por aquel marinero, me despojé enseguida de mis ropas de lanas y me lancé yo mismo al agua. Salí enseguida a la superficie, aún encolerizado por la risotada general,  y comencé a dar brazadas cortas y rápidas con la vista fija en la ribera opuesta. Solo podía pensar en llegar hasta allí lo antes posible y demostrar que no le tenía ningún miedo al mar. Y en esas andaba cuando lo vi.

Apareció de pronto, allá en lo profundo, y empezó a dar vueltas con lentitud sin subir a la superficie. Yo nunca había visto un tiburón tigre y no tenía idea de que podían ser tan grandes pero, sinceramente, más que temor, lo que sentí entonces fue contrariedad. Por supuesto que no me agradaba ser acechado por un escualo de ese tamaño: eso va por descontado. Pero menos aún me gustaba la idea de tener que regresar al barco. Después de todo, únicamente yo podía ver a aquel enorme pez y si le advertía a los demás de su presencia sin que ellos pudieran comprobarlo, terminarían por pensar que me estaba inventando una excusa para abandonar el desafío, y entonces se burlarían de mi durante todo ese día, y seguramente también durante el resto de la semana. Y eso, como ya dejé bien claro, era algo que no les iba a permitir.

Qué hacer entonces, me pregunté, mientras miraba de soslayo hacia las profundidades y trataba de descifrar las intenciones del tiburón, y justo cuando empezaba a sopesar la idea de darme la vuelta y regresar, escuché la algarabía. Acodados en la barandilla de estribor, los marineros habían estado siguiendo en detalle cada uno de mis movimientos y era evidente, por las exclamaciones que hacían, que habían llegado incluso a hacer apuestas a mi favor o en mi contra, asegurándose  así una tarde repleta de diversión. Algunos de ellos, los que confiaban en mí, protestaban por verme allí, inmóvil en el medio del mar y a punto de desistir; mientras otros, los que siempre habían pensado que me amedrentaría, lanzaban exclamaciones de júbilo y empezaban a batir palmas. Entre estos últimos sobresalía, por supuesto, el viejo cocinero, que aplaudía entusiasmado mientras les aconsejaba a sus rivales en las apuestas: «Vayan buscando el dinero, señores, que ese zagal está a punto de regresar a cubierta».

Al escuchar aquellas palabras y las sonoras carcajadas que las acompañaron,  un ramalazo de sangre caliente me subió de pronto al rostro. Nunca me había sentido tan humillado. Nunca. Tenía que demostrarles a todos esos imbéciles que yo no era el muchacho endeble que ellos creían. Tenía que demostrarles lo mucho que gustaba el mar y lo bien que yo nadaba. Sí, eso era lo que iba a hacer y nada, ni nadie, podrían impedírmelo; ni siquiera ese enorme tiburón que acababa de avistar y que, por demás, parecía haberse largado, porque ya no le veía debajo de mí.

Aumenté, entonces, el ritmo de mis brazadas y continué rumbo a la orilla opuesta. Y cuando varios minutos más tarde llegué hasta allí sin contratiempos, no pude evitar que me embargara una gran satisfacción. Lo había logrado. Había dejado bien claro que no le tenía el más mínimo miedo al mar y que, contrario a lo que todos andaban diciendo, yo estaba a bordo de aquel barco por decisión propia y no por una imposición familiar. Y sintiéndome así, satisfecho tras mi triunfo, emprendí el regreso hacia la nave.

Ya había empezado a olvidarme del tiburón cuando este reapareció detrás de mí. Fueron los propios marineros quienes, al ver su aleta dorsal emerger a mis espaldas, me advirtieron alarmados de su presencia –«un tiburón, un tiburón», les escuché gritar casi a coro– y comenzaron a pedirme me alejara de allí lo antes posible. Y eso intenté hacer, por supuesto, pero apenas tuve tiempo de escapar. Casi de inmediato sentí un tirón brusco en la pierna derecha y cuando eché un vistazo a mí alrededor y vi la sangre –el agua de mar, que hasta ese momento había tenido una tonalidad azul verdosa, se tiñó súbitamente de rojo–, comprendí que había sido mordido por aquella criatura. Miré entonces hacia mis piernas, de manera instintiva, y lo que presencié me hizo palidecer: allí donde antes había estado mi pantorrilla derecha había ahora un enorme agujero con muchas tiras de piel desgarrada y sanguinolenta.  Espantado ante aquella visión, alcé la vista hacia el barco y comencé a gritar desesperado: «Ayúdenme, ayúdenme por favor». Pero los miembros de mi tripulación ya se habían movilizado para intentar socorrerme de una forma u otra, y mientras un grupo reducido se aprestaba a arrojar un bote al agua para intervenir, los demás me ofrecían su apoyo desde cubierta, animándome, a voz en cuello, para que siguiera nadando y tratara de llegar al barco.

 Tienes que hacerle frente al tiburón, muchacho – gritó de pronto uno de ellos, logrando que su voz sobresaliera entre las demás.

Volví a alzar la vista, sorprendido, y advertí que quien me hablaba era Garfield, el marinero de Jamaica que se había incorporado hacía apenas unos meses. Sus palabras generaron un intenso debate a bordo y, mientras unos lo criticaban por darme semejante consejo, otros preferían guardar silencio y escucharle. «Contrario a lo que muchos piensan –les decía a los demás mientras se alistaba para unirse al grupo que vendría a mi rescate– los tiburones no suelen atacarnos con frecuencia. Solamente un grupo reducido, los más agresivos, se atreven a hacerlo de vez en cuando, y lo hacen justo en momentos como este, al atardecer, o quizás mientras amanece, cuando es más fácil que nos confundan con otros peces y animales marinos que normalmente son sus víctimas. Y una vez que nos han atacado y que comprueban que somos comestibles, entonces solo nos queda una opción: ser más agresivos que ellos; defender nuestras vidas con uñas y dientes, y hacerles saber que no lo van a tener fácil. Esa es la única posibilidad que le queda a ese chico ahora». Así se explicó aquel marinero negro de Kingston y, sin importarle en lo absoluto si los demás se habían convencido o no de la veracidad de lo que él decía, fue a buscar un trozo grande de cuerda para arrojarme una vez que el bote de salvamento estuviera cerca de mí.

Pero yo no podía escuchar tales razonamientos y, aterrado como estaba, sopesé el consejo por unos segundos y terminé decidiendo que no, que aquello era un sinsentido, que tenía que poner distancia entre el tiburón y yo, y hacerlo antes de que empezara a desangrarme. Así que continué dando brazadas, sin echar la vista atrás, y con la secreta esperanza de que aquella criatura abominable dejara de perseguirme y se fuera a buscar una presa más grande. Todo fue en vano, sin embargo. El enorme pez me dio alcance con facilidad y su nueva embestida fue incluso peor que la anterior. Esta vez me asestó una furiosa dentellada que, además de arrastrarme por completo bajo la superficie, me hizo perder casi toda la pierna derecha, de la rodilla hacia abajo. Logré salir a flote a duras penas y me quedé paralizado, aferrando entre los dedos mi cruz de plata y pidiéndole a dios, con lágrimas en los ojos, que me sacara de allí. Fue entonces cuando volví a escuchar la voz de Garfield, el jamaicano.

– Enfréntate a él, jovencito. No dejes que te arrebate tu futuro – me gritó desde mucho más cerca.

Lo busqué nuevamente con la mirada y lo descubrí sentado ya en una de las bancadas del bote, remando con fuerza junto a los demás marineros, y volteando la cabeza, de vez en cuando, para comprobar mi situación.  El viejo bote de madera se había ido aproximando con bastante rapidez gracias al ritmo de boga de sus tripulantes, y si todo continuaba así, terminaría por llegar hasta mí en pocos minutos. Pero ese tiempo era más que suficiente para que el tiburón volviera a atacarme, y semejante posibilidad, una realidad inminente más bien, hizo que el miedo se apoderara de mí una vez más, y me hiciera permanecer en el mismo sitio, presa del pánico y resignado al triste destino que me había tocado en suerte.

«No dejes que te arrebate tu futuro, jovencito». Las palabras de Garfield acudieron de pronto a mi mente, haciéndome reflexionar. Pensé entonces en todos los sueños que tenía y que, de morir tan joven, jamás podría lograr: quería viajar por los mares del mundo y conocer otros lugares, quería regresar algún día a mi tierra natal, asentarme allí y servir a mi nación, y anhelaba, sobre todo, llegar a ser alguien admirado por mi familia, mis amigos y mis contemporáneos. Sobre esas cosas meditaba cuando, dándome la vuelta, descubrí que el tiburón venía nuevamente hacia mí y, viéndolo acercarse, decidí que si aquel pedazo de cartílago con dientes pretendía cenar carne inglesa esa tarde el banquete no le iba a salir de gratis: podría acabar con mi vida, sí, pero le iba a costar, por lo menos, unas cuantas abolladuras en el morro y varios rasguños en su pellejo de vertebrado. Así que, cuando me volvió a atacar, hice un giro brusco y repentino hacia mi izquierda para evitar la mordida y, arrancándome el crucifijo del pecho, lo sostuve como una daga en la mano y se lo clavé todas las veces que pude. El enorme pez se volvió de inmediato, asustado, y se alejó rápidamente hacia las profundidades. Viéndole descender supe que la pelea aun no estaba concluida, pero comprendí también que había ganado algunos minutos más a mi favor y los aproveché, entonces, para seguir nadando con todas mis fuerzas.

Retomé mis brazadas de inmediato, sin pensar en otra cosa que no fuera en avanzar y cuando alcé la vista para ver dónde estaba el bote, suspiré aliviado. Los nueve marineros que venían a mi rescate se hallaban ya a escasos metros de distancia. Pude distinguir sus rostros sudorosos y angustiados, sus músculos tensos por el enorme esfuerzo y su innegable deseo de llegar hasta mí cuanto antes. Todos, a excepción del jamaicano Garfield, habían tomado parte en la broma colectiva que había conducido a aquel fatal desenlace y era evidente que ahora, al verme allí, flotando a duras penas, con una pierna mutilada y un tiburón al acecho, sentían remordimiento. Por eso remaban de aquella manera, como si fuera su propia vida, y no la mía, la que estuviera en juego.

Pero a pesar de que el arribo de mis compañeros era inminente, el peligro aún no había cesado pues el tiburón, que como ya dije antes solo se había alejado de momento, volvía ahora a toda velocidad y dispuesto, al parecer, a terminar de una vez y por todas con su cacería. Lo vi ascender desde las profundidades y dirigirse velozmente hacia mí y, apretando con fuerza la cruz en el puño, me preparé para hacerle frente. Siguió acercándose, sin detener su marcha, y solo cuando tuve sus ojillos negros y malignos casi delante de mi rostro y vi abrirse, amenazadora, aquella mandíbula carnicera que ya había cercenado sin piedad una parte de mi cuerpo, fue que sentí el ruido del arpón clavándose en sus branquias. Vi entonces cómo el enorme pez sucumbía, sin remedio, a la puntería y la furia de uno de los marineros, que no había dudado en lanzarle aquel pedazo de fierro afilado desde el bote, mientras los demás intentaban socorrerme y subirme a bordo.

¿Qué sucedió después?  Bueno, tras pelear por mi vida de esa manera y ser rescatado en el último instante, fui conducido con urgencia a un pequeño hospital de la ciudad donde me amputaron lo poco que quedaba de mi pierna derecha, y donde luego permanecí recluido cerca de tres o cuatro meses, hasta que pude completar mi recuperación. Los primeros tiempos fueron muy duros, naturalmente. Me creía desahuciado y solo hacía llorar y quejarme de mi mala suerte. Y así continué sintiéndome durante casi toda mi convalecencia. Pero un buen día comprendí, sin embargo, que era en realidad muy afortunado: un tiburón tigre de más de dos metros de longitud me había atacado varias veces y, contra todo pronóstico, yo había logrado sobrevivir. Y no solo había sobrevivido, sino que me había llevado, además, una valiosa lección; una lección que la mayoría de las personas tardan mucho tiempo en aprender –si es que la llegan a aprender del todo–: la vida puede ser bastante injusta sin lugar a dudas, pero nunca lo es tanto como la muerte, y solo por eso merece la pena luchar por ella hasta el final.

Han transcurrido casi diez años desde aquella tarde habanera de 1749 en la que me enfrenté al escualo y aquí estoy ahora, a bordo de este otro barco, con una pierna de madera y con el cargo de comisario del ejército británico, tomando parte del sitio a Loiusbourg. No me es posible pelear en primera línea, eso es cierto, pero puedo manejar los abastecimientos de los soldados y marineros en la retaguardia con tanta destreza que todos los oficiales del alto mando quieren trabajar conmigo, y puedo también cuidar a un joven soldado como tú y decirle que, a pesar de que la metralla de esos malditos franceses le haya llevado la pierna, y crea ahora mismo que todo está perdido, tiene que aferrarse a su vida y resistir, porque aún le queda mucho por delante.

2 comentarios en “La historia de Watson y el tiburón

  1. Sobrino querido, qué decirte… Me lo leí de un tirón, es intenso, entretenido, tiene acción, suspenso… Me encantó! Y sobre todo tiene una enseñanza muy sabia, la vida a pesar de las dificultades vale la pena vivirla con todos sus riesgos y miedos..y otra cosa muy especial y tierna, en ese empeño, te ayudaron tus padres ..te quiero mucho.

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