Antojos y trampantojos

¡Feliz aniversario, mi amor! Es increíble que hayan pasado diez años ya, ¿verdad? Levanta esa copa y vamos a brindar, que lo merecemos.

Ya sabes que cada vez que alcanzamos alguna cifra importante, en lo profesional o en lo personal, casi siempre terminamos echando la vista atrás y reflexionando sobre todo lo que ha sucedido en ese tiempo. Bueno pues, hoy, no he podido evitarlo, y desde que amaneció he estado pensando mucho en nosotros y en nuestra historia.

Si te pregunto,  sé que me dirás que todo comenzó cuando me antojé de viajar a Cuba hace precisamente diez años. Y supongo que, en cierto sentido, tendrías razón. Pero esa no es la historia completa. Creo que nunca te he llegado a contar toda la historia y realmente me gustaría hacerlo en un día como el de hoy. ¿Te parece bien?

Pues resulta que todo empezó cuando yo era todavía una adolescente y escuché a mi tío Paco hablar de las playas cubanas. Él había ido a Cuba por motivos de trabajo y quedó tan impresionado con el clima, la comida y el carácter alegre de los cubanos, que nos transmitió a los demás ese mismo entusiasmo, y yo quise irme de vacaciones a la isla con unas amigas. No recuerdo exactamente por qué no llegamos a hacerlo, pero el caso es que no fuimos y  así perdí esa primera oportunidad.

Luego, mientras estudiaba la carrera de medicina en Madrid, lo volví a considerar. Y me faltó muy poco para ir esta vez. Pero al final también desistí. ¿Por qué? Porque en esa época estaba concentrada en obtener buenos resultados y me di cuenta de que,  si hacía un viaje tan largo, iba a regresar muy cansada y mi rendimiento académico disminuiría. Y eso era algo que no me podía permitir.

Y bueno, así desaproveché la otra oportunidad clara que tuve de viajar Cuba. Porque después, al graduarme como cirujana, sí abandoné esa idea por completo. A partir de ese momento me consagré en cuerpo y alma a mi carrera y no solo me olvidé del viaje, sino que prácticamente me olvidé de vivir.

¿Cómo está ese vino, cariño? No hay nada como un buen Rioja de reserva, ¿verdad? ¿Y qué tal la carne? ¿Me quedó jugosa? Ya, ya te veo engullendo y bebiendo como un cosaco, no hace falta que respondas.

¿Por dónde iba? Ah,  sí, te decía que el interés excesivo por la carrera me llevó a descuidar demasiado mi vida personal.  El caso es que un buen día me desperté teniendo casi cincuenta años, sin pareja, sin hijos y con muy pocos amigos, y comprendí, así de pronto, lo mucho que me había equivocado.

No, no me arrepentía por haber elegido esa carrera, ni tampoco por mis logros profesionales. Después de todo, yo disfrutaba mucho de lo que hacía, tenía un sueldo impresionante y era una de las mejores cirujanas del país. Me arrepentía, en realidad, de no haber sabido mantener un equilibrio en mi vida y del precio que tendría que pagar por ello. Porque, a esas alturas, habían ciertas cosas que ya no podría lograr. Como tener hijos propios, por ejemplo, o como encontrar a algún hombre de mi edad que quisiera adoptar alguno.

Al darme cuenta de todo eso caí en una depresión muy grande. Me deprimí tanto que  empezó a caérseme el pelo, me salieron grietas en las manos y llegaron, incluso, a aflojárseme los dientes. Creo que de no haber sido por el doctor Larrañaga -pobre hombre, que Dios lo tenga en su gloria-, habría terminado perdiendo la cabeza. Fue él quien me obligó a desconectar y a alejarme de todo por un tiempo, y también quien me propuso que hiciera algún viaje fuera de España.  Y entonces recordé mi viejo interés por visitar Cuba y decidí que finalmente era hora de conocer la isla.

A mis padres no les hizo mucha gracia la idea, si te soy sincera. Pero a mí se me antojó hacer ese viaje y ellos no tuvieron otro remedio que aceptar. Solo me pidieron que no recorriera el país por mi cuenta. Ellos preferían que me uniera a alguno de los recorridos oficiales que organizaban las agencias turísticas cubanas y que eran dirigidos por guías locales. Y, bueno, así fue como te conocí.

Me pareciste muy atractivo desde el principio, ¿sabes? Sí, desde que te presentaste y nos explicaste las características del recorrido que íbamos a hacer. Claro, en ese instante yo aún no sabía que tú también te habías fijado en mí. Pero entonces comenzó todo. Entonces comenzó el intercambio de miradas, el coqueteo en secreto y comprendí que yo también te gustaba, y que tú querías tener un rollo de una noche conmigo. Y acepté. Nunca había hecho algo así, pero acepté.

Jamás se me ocurrió pensar, sin embargo,  que lo nuestro iba a trascender. Y menos aún que te enamorarías de mí. ¿Por qué ibas a hacerlo? Eras muy guapo, más joven, bien preparado y con un buen trabajo. Me parecía imposible que un muchacho así se enamorase de una mujer como yo, bastante mayor y que ya no podía ofrecerle sus mejores años. Ah, pero tú me convenciste de lo contrario. ¡Y vaya si me engañaste!

Todavía hoy, tantos años después, tengo que reconocer que interpretaste ese papel de  una manera tan impecable, tan convincente,  que realmente me tragué la mentira. Es increíble la cantidad de estupideces que terminamos cometiendo en nombre de un sentimiento tan voluble y pasajero como el amor, ¿verdad?

¿Estás intentando decirme algo? No, no te entiendo, cariño. ¡Ah!, el sedante, claro. ¿De verdad que no notaste nada raro en el vino, mi amor? ¿Ni en la carne? Bueno, será mejor que permanezcas sentado, porque si te levantas, te puedes caer. Quédate ahí tranquilo y déjame continuar con nuestra historia, ¿vale?

La primera vez que descubrí tus asquerosas mentiras fue justo después de regresar de aquel viaje que hicimos a Italia. Acabábamos de instalarnos en Madrid, y tú habías empezado a trabajar en una agencia publicitaria que estaba por la Puerta del Sol. ¿La recuerdas? ¡Claro que sí, cómo no la ibas a recordar!

Bueno, pues, un día se te hizo tarde y te marchaste dejando el portátil abierto y encendido en casa, y yo me puse a husmear entre tus cosas. No debía de haberlo hecho, lo reconozco. Pero lo hice. Y entonces lo descubrí. Allí estaban todos aquellos correos  y aquellas fotos indecentes de tu compañera de trabajo. ¿Cómo era que se llamaba? ¿Alina? ¿Alicia? No recuerdo el nombre de esa zorra ahora.

Pero sí recuerdo, perfectamente, los nombres de las que vinieron después. Ana, aquella chica de Correos que nos traía la correspondencia y conversaba siempre con nosotros en la puerta de la casa; Belén, la que nos atendía en el Banco Sabadell y que parecía tan amable; Julia, la muchacha de la carnicería donde solíamos comprar con frecuencia y hasta la propia Cristina, por dios; mi única amiga de la infancia.

 

Cada una de esas infidelidades fue como una nueva puñalada para mí. Una puñalada que se hundía en mis entrañas, cada vez más fuerte, cada vez más hondo.  ¿Cómo era posible que hubiese llegado a creer que me amabas? ¿Cómo no me había dado cuenta de que me habías estado manipulando desde el principio? Eso me preguntaba, una y otra vez.  Y, sin embargo, a pesar de todo, me quedé a tu lado,  porque todavía estaba enamorada de ti.

Pero entonces comenzaron las palizas. Primero, porque nunca tenía la comida lista a tiempo, porque se me había olvidado plancharte la ropa o porque alzaba demasiado la voz cuando protestaba por algo. Luego, porque ya no me apetecía acostarme contigo o porque, si lo hacía, no le ponía ganas. Y ya al final, en los últimos tiempos, por cualquier motivo que se te ocurriese. O sea, cada vez que se te antojaba. Supongo que eso te hacía sentir muy macho, ¿eh, mi amor?

No, no te duermas todavía, que quiero contarte cómo acaba todo esto. ¿No quieres saber el final de nuestra historia? Bueno, no importa. Te lo contaré de todas formas.

Esto es lo que va a pasar.

Imprimiré todas las fotos comprometedoras en las que sales con las mujeres de tu oficina, incluyendo la de la hija de tu jefe, y las enviaré en un paquete anónimo a tu trabajo. Le contaré a Arturo y a Rodrigo, esos dos buenazos a los que aún tienes el descaro de llamar amigos, que te has acostado con sus esposas. Venderé nuestro apartamento y también la casa de campo. Me llevaré todos nuestros ahorros y cancelaré la cuenta corriente. Y, por supuesto, me llevaré también el coche.

Ah, una última cosa… Casi lo olvido.

A mí nunca me ha gustado la tauromaquia y eso no es un secreto para nadie. Pero tampoco puedo esconder que nací y crecí en una familia torera. Y, ¿sabes qué? Que el temor que he llegado a sentir por culpa de un animal tan salvaje como tú, y la humillación de que me hayas puesto los cuernos tantas veces, han terminado por avivar mis peores instintos de matadora. Y esta matadora finalmente va a saltar al ruedo.

No, no me mires así, cariño, que no te lincharé como a esos pobres animalitos. Jamás te quitaría la vida, por dios. Solo pienso llevarme un recuerdo tuyo, como mismo hacen los toreros. Y como no quiero dejarte ninguna marca visible, te adelanto que ese trofeo no serán, precisamente, tus orejas peludas.

¡Vamos, no te asustes, hombre! Estás en muy buenas manos. Alguna vez fui una de las mejores cirujanas de toda España, ¿recuerdas?

Creo que ahora sí vas a dormirte…

¡Feliz aniversario, mi amor!

 

 

 

 

 

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