La propuesta

“Se llamaba la Grande y Felicísima Armada y estaba compuesta por 127 naves españolas que debían desembarcar en Inglaterra y destronar a la reina Isabel I” – dijo Shannon y sus ojazos negros parecieron destellar de emoción–. “Iba a comandarla un almirante veterano pero murió de tifus antes de la partida y entonces todo se echó a perder, ¿sabes por qué?” – preguntó de manera retórica antes de continuar–. “Porque el sustituto elegido por el rey Felipe II era tan inexperto y tuvo tan mala suerte con el clima que jamás logró ordenar el desembarco, y la flota terminó bordeando las costas británicas y bajando luego por las irlandesas, donde muchas de las naves acabaron hundiéndose. Y ahora viene lo interesante…” – Shannon hizo una breve pausa para crear cierta expectación y luego prosiguió con su relato–. …“Los marineros españoles que sobrevivieron al naufragio nunca regresaron a su tierra. Se quedaron allí y se mezclaron con los nativos del país, dando origen a un nuevo tipo de irlandés de tez morena y cabello oscuro, llamado Black Irish, del cual tienes un bello ejemplar ante tus ojos en este preciso momento” – concluyó divertida mientras se señalaba con el índice.

“¡Vaya!” – exclamó Andy esbozando una leve sonrisa y fingiendo un interés mayor al que en realidad tenía. Pero nunca le habían cautivado mucho aquellas historias que tanto parecían gustarle a su novia, y menos aún en ese instante, en el que estaba tan inquieto. Había invitado a cenar a Shannon a uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, y tras la llegada,  se había reunido a escondidas con el camarero de turno y le había dado instrucciones bien precisas: “Cuando la cena esté a punto de acabar y veas que me quito el chaleco, tráeme enseguida dos tazas de café irlandés y este anillo de compromiso”. Así le había dicho. Pero desde hacía ya varios minutos se había quedado en mangas de camisa y aquel bendito sujeto no acababa de aparecer.

“Disculpe” – llamó a una joven mesera que pasó cerca de donde estaban sentados, y que al ver que habían dado cuenta del postre, les preguntó si deseaban pedir algo más. “Sí, pero quisiera que nos atendiese el de antes, por favor” – precisó Andy.  La chica le explicó que ese camarero no podía acudir ahora, pues estaba ocupado, pero que ella les tomaría el pedido con gusto. “Se lo agradezco, pero yo quisiera que fuese él” – insistió Andy. La mesera se quedó entonces algo perpleja y, al percatarse de ello, Shannon decidió intervenir. “¿Y por qué no le hacemos el pedido a ella misma, honey? – preguntó mientras le hacía un guiño a la jovencita.  “¡Quiero que nos atienda el de antes y ya está!” – dijo Andy sin poder disimular su turbación y, al verlo tan alterado, la mesera aseguró que trataría de hallar una solución y se marchó apresurada hacia la cocina.

“¿Te encuentras bien, sweetie? Estás actuando muy raro” – le interrogó Shannon cuando se quedaron a solas. “Estoy bien” – respondió Andy sin quitar la vista ni un instante del largo pasillo por donde la mesera había desaparecido. Algunos minutos después, sin embargo, como nadie había venido aún a decirles nada, se levantó de pronto con brusquedad y partió rumbo a los aseos. “Necesito ir al baño” – dijo mientras se alejaba con paso acelerado.

Se enjuagó la cara con el agua gélida del lavamanos para intentar calmarse un poco, pero no lo consiguió en lo absoluto. Salió entonces al pasillo y en lugar de regresar a su mesa, se adentró en la cocina por una puerta lateral cuyo uso estaba restringido al staff del restaurante. Un cocinero gordo y colorado lo vio entrar a toda prisa y se interpuso en su camino.  “Aquí no puede estar señor” – le recordó. “Sí que puedo. ¿Dónde diablos está el camarero que atendió a la pareja de la última mesa? – dijo Andy en alta voz y todos se voltearon a mirar. “Oh, usted es el del anillo” – exclamó el cocinero–. “Señor, lamento decirle que ha ocurrido un grave incidente”.

Andy tragó en seco. Solo él sabía la cantidad de horas extras que había tenido que trabajar y a todo lo que había renunciado con tal de comprar aquel dichoso anillo. Siempre le había gustado entregar los mejores obsequios a quienes quería y lo cierto era que adoraba a Shannon. Llevaban apenas un año de noviazgo, pero él estaba convencido de que deseaba envejecer junto a ella y por eso había decidido proponerle matrimonio. Y qué mejor manera de hacerlo que llevándola al restaurante más caro de la ciudad, entregándole un anillo de oro macizo y arrodillándose a sus pies como todo un caballero.  Así lo había planeado durante meses y así había estado a punto de hacer, pero aquel camarero idiota se había esfumado con su alianza en el momento menos indicado y ahora un cocinero panzudo le informaba de que había un problema.

“¿Qué le pasó a mi anillo?” – preguntó irritado. “A su anillo no le sucedió nada, señor. Fue el camarero el que tuvo una emergencia” – dijo el cocinero y a continuación explicó que al pobre hombre le había sobrevenido un infarto cardíaco y que se lo habían llevado con urgencia al hospital sin que nadie se acordara de retirar antes la alianza de oro que llevaba guardada en su bolsillo trasero. “¿Usted habla en serio?” – preguntó Andy alarmado. “Nunca mentiría sobre algo así, señor” – respondió el cocinero.

Sin haber asimilado del todo lo que acababa de escuchar, y sin detenerse tampoco a reflexionar sobre ello, Andy memorizó la dirección del hospital adonde se habían llevado al camarero, pidió que alguien le dijera a su novia que él iba a salir un momento y que regresaba enseguida, y se dirigió a toda prisa hacia el parqueo. Era consciente de que era él quien debía haberle avisado a Shannon sobre su inesperada partida, pero al no ocurrírsele ningún  pretexto convincente que ofrecer y al no tener, además, cómo contactarla de inmediato, pues había dejado su celular encima de la mesa, decidió que lidiaría con esa situación a la vuelta. Su prioridad era ahora recuperar el anillo cuanto antes. Ya tendría tiempo suficiente de inventarse una buena historia por el camino, pensó mientras ponía en marcha su vehículo.

No bien hubo llegado al hospital, averiguó que al camarero lo habían ingresado en terapia intensiva y que quien llevaba su caso era un tal Martínez, el cardiólogo de guardia. Lo encontró caminando por los pasillos al cabo de una hora, y luego de identificarse como el primo del infortunado mesero y de interesarse por su suerte, le preguntó al doctor si por casualidad había visto un anillo dorado entre las pertenencias personales del paciente. El médico reflexionó unos instantes y llegó a la conclusión de que no, de que las enfermeras solo habían recogido un celular, un juego de llaves y una billetera: nada más. “¿Usted está completamente seguro, doctor? Mire que se trata de una reliquia familiar que no podemos perder” – insistió Andy. “Tan seguro como que me llamo Martínez” – le respondió el galeno. “Deberías preguntarle a los paramédicos que lo trajeron, quizás ellos saben algo” – concluyó.

Pero los paramédicos que habían traído al camarero infartado ya no estaban. Su turno recién había concluido y habían sido relevados por otros. La única posibilidad de hallarlos era llegarse, sin demora alguna, hasta el bar ubicado en la otra esquina, donde la mayoría de los trabajadores de aquel hospital solían detenerse siempre antes de seguir rumbo a casa.  Eso fue lo que le dijeron a Andy, de manera confidencial, en el mostrador de información y el joven partió de inmediato hacia el célebre local, con la esperanza de hallar allí la solución a su problema.

Acodado en una esquina de la barra divisó, en efecto, a un paramédico que parecía haber terminado su jornada laboral. Era un sujeto calvo y con cara de sapo, que tenía un par de cervezas de más y que estaba contando a voces, a todo aquel que quisiera oírle, sus hazañas detrás del volante de la ambulancia más veloz de la historia. Andy supo que era el indicado cuando le oyó narrar las peripecias de su más reciente recorrido, y entonces se le acercó con cautela y lo invitó a una ronda. “¿Y a qué debo el honor? – le preguntó el paramédico con cara de pocos amigos. “Necesito hacerle una pregunta sobre su último viaje” – le explicó Andy. El sujeto lo miró con suspicacia durante un par de segundos antes de decidirse a hablar. “¿Qué es lo que quieres saber?” – indagó finalmente.

Andy no respondió de inmediato, sino que se tomó algún tiempo para elaborar bien su interrogante y entonces, con la mayor sutileza posible, trató de averiguar sobre el paradero del anillo. Pero a pesar de tales precauciones el paramédico parlanchín, a quien el alcohol había empezado ya a nublarle el juicio, acabó malinterpretando la pregunta.  “¿Insinúas que yo me robé un maldito anillo?” – vociferó y se puso en pie con insospechada agilidad, dispuesto a iniciar una pelea que parecía inminente. Solo gracias a la aparición oportuna de su colega, que había salido a fumar, fue que Andy pudo librarse del altercado y que pudo verificar, además, que aquellos hombres no habían visto su anillo por ningún lado. Y entonces, sin otra pista que seguir y sin saber qué podría estar pasando por la cabeza de su novia a esas alturas, decidió regresar de inmediato al restaurante.

Un vistazo a su reloj le reveló que la búsqueda había tardado mucho más de lo previsto, y al descubrirlo, Andy se preguntó qué demonios iba a decir para justificar su prolongada ausencia. Shannon solía ser una chica muy comprensiva pero aquello había sido demasiado: llevaba dos horas y media esperando a solas en un restaurante, sin tener la más remota idea de adónde o por qué se había esfumado su novio, y sin poder contactarlo para averiguar qué sucedía. Si en ocasiones anteriores en las que había metido la pata, Andy siempre había podido acudir a algún subterfugio, esta vez sabía que estaba obligado a contar la verdad. Solo así tendría, quizás, la oportunidad de ser perdonado. Pero sabía también que, de decir la verdad, estaría echando por tierra una propuesta que llevaba meses organizando en secreto. Y lo que era aún peor: estaría admitiendo la pérdida de un anillo en el cual había invertido casi todo su dinero. Un dinero que desde hacía tiempo era también el de ambos.

Todavía sin tener claro cómo proceder, Andy regresó al restaurante y se dirigió con premura hacia la última mesa del salón. Su frente estaba empapada en sudor y su corazón parecía un ariete medieval empeñado en echar abajo las murallas de su pecho. Pocas veces en su vida se había sentido tan nervioso. Quizás por eso intentó hacer contacto visual con Shannon, una y otra vez,  a medida que se aproximaba: quería sopesar cuanto antes la magnitud de su reacción. Pero no fue hasta que la tuvo delante, sin embargo, que pudo verle el rostro. Y lo que vio le amedrentó por completo. Porque lejos de parecer dolida o enfadada, su novia se mostraba impasible, y eso solo podía significar una cosa: que había tomado una decisión fatídica.

Al imaginar el terrible futuro que le esperaba, Andy decidió confesar todo de una vez y tratar de salvarse, y aunque nunca supo con exactitud cómo fue que inició su discurso, muy pronto se halló dando más explicaciones que un hereje ante la Santa Inquisición. Le dijo a Shannon que sentía terriblemente lo sucedido, que jamás imaginó que podría ocurrir algo así,  que se había ausentado porque el camarero había sufrido un infarto cardíaco repentino y lo habían ingresado en el hospital, y que él no era médico, ni paramédico ni tampoco sucesor de la Madre Teresa de Calcuta, pero que aquel hombre tenía un anillo de oro que él le había entregado y que valía muchísimo dinero, y que lo importante no era ni tan siquiera el precio, sino que ese anillo, que ahora estaba desaparecido, era justo el que él quería regalarle mientras ella se bebía su café irlandés de siempre, porque precisamente por siempre era que ansiaba estar a su lado. Shannon lo escuchó en silencio, mirándole con fijeza mientras hablaba, y cuando vio que hubo terminado, empezó a reírse a carcajadas.

 

-Eso es lo mejor que ha podido suceder en un día tan especial como hoy – dijo.

-¿Y qué día es hoy? – preguntó Andy totalmente desconcertado.

-Veintinueve de febrero.

-Sí, eso lo sé. ¿Pero desde cuándo son tan importantes los veintinueves de febrero?

-Desde que el papa Gregorio XIII decidió que existieran solo cada cuatro años.

-Pues no sabía que los últimos días de los años bisiestos fueran especiales – dijo Andy.

-No lo sabías porque, afortunadamente, eres muy despistado y nunca prestas atención. Yo, en cambio, sí soy muy observadora, y desde que veníamos en camino me di cuenta de que pensabas proponerme matrimonio, y eso era algo que no podía permitir – dijo Shannon e hizo una seña en dirección a la cocina, de donde reapareció, sonriente y con una bandeja en la mano, el mismo camarero que les había tomado el pedido inicial. Traía dos tazas de café irlandés recién hecho y un anillo de compromiso bien distinto al que le había sido confiado.

-¿Qué está sucediendo aquí, Shannon? – preguntó Andy estupefacto.

-Sucede que mi amigo Colin, este apuesto caballero irlandés que tenemos acá, trabaja como camarero en este restaurante para poder costearse su carrera de actor, y tuvo que venir hoy, por suerte para mí  – dijo Shannon mientras hacía un saludo a lo high-five con su compatriota –. Necesité su ayuda y la de varios de sus colegas para distraerte momentáneamente, cambiar ese anillo tan caro que pensabas darme por este otro, mucho más barato, y  evitar  que me hicieras tu propuesta.

-Pero… ¿Por qué harías…? No entiendo… No entiendo nada. – balbuceó el joven.

-No te preocupes, que estás a punto de hacerlo – le dijo Colin, el actor y camarero.

Y tras escuchar esas palabras, Andy vio como su novia Shannon, la irlandesa de tez morena y cabellos negros, cuya madre le había propuesto matrimonio al padre el último día de febrero de un año bisiesto, cuya abuela había procurado la mano del abuelo en las horas finales de un día veintinueve del segundo mes, y cuya bisabuela había declarado su amor eterno por el bisabuelo en idénticas fechas, se arrodillaba junto él y decidía imitar a todas las mujeres de su familia, que desde tiempos inmemoriales llevaban defendiendo con orgullo sus tradiciones.

2 comentarios en “La propuesta

  1. Sin mucho que argumentar sobre estructura o eficacia de escritor..pues no soy más que simple lector..puedo decir que disfrute mucho esta breve lectura con un final inesperado y romántico. Seguiré leyendo los próximos..mucha suerte..

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Gracias mi primo! Me alegra mucho que te haya gustado.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close